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Autor: Revista Gestión *

En el escenario político ecuatoriano, la polarización se ha convertido en una constante que define no solo las campañas electorales, sino la forma en que los ciudadanos entienden y participan en la democracia. De cara a la segunda vuelta electoral del próximo 13 de abril, y tras el debate presidencial del pasado 23 de marzo,  Ecuador se encuentra dividido entre dos proyectos políticos que, aunque no representan polos ideológicos opuestos, han logrado fragmentar al electorado en bandos aparentemente irreconciliables: el correísmo, representado por Luisa González, y el anti-correísmo, encarnado por el actual presidente Daniel Noboa.

Según Alondra Enríquez, analista política, en entrevista para GESTIÓN, “esta polarización no se basa necesariamente en diferencias ideológicas profundas, sino en lealtades políticas, desgaste institucional y nuevas dinámicas comunicacionales que han transformado la manera en que los ecuatorianos se relacionan con la política”.

El reciente debate presidencial, celebrado este domingo 23 de marzo, no hizo más que confirmar esta realidad. Lejos de acercar posiciones o clarificar propuestas concretas, el encuentro entre Luisa González y Daniel Noboa profundizó las líneas divisorias que definen la contienda electoral actual.

La fragmentación política actual es producto de múltiples factores: la caída de los partidos tradicionales, la emergencia de nuevos actores políticos, la influencia creciente de las redes sociales, la crisis económica y la inseguridad. 

LA HERENCIA CORREÍSTA: ORIGEN DE LA POLARIZACIÓN ACTUAL

El punto de inflexión en la política ecuatoriana contemporánea llegó con Rafael Correa y su movimiento Alianza PAÍS en 2007. Tras décadas de inestabilidad política, donde Ecuador vivía en una “suerte de ausencia de visión país”, como señala Enríquez, el correísmo instauró una narrativa diferente que transformó la relación entre el Estado y la ciudadanía.

“El correísmo sí instauró una visión distinta transversalizada además por el auge tecnológico”, explica Enríquez. “Reivindicó la causa pública, la administración eficiente del Estado” en un momento en que Ecuador experimentaba una profunda crisis de gobernabilidad, con presidentes que duraban en promedio seis o siete meses o cada dos o un año.

La Revolución Ciudadana representó en su momento un proyecto amplio que logró consolidar a diferentes facciones de izquierda. “El proyecto de la Revolución Ciudadana fue un proyecto de consenso y acuerdos en el 2006-2007 donde no sólo había una base ideológica de lo que se llamaba entonces movimiento Alianza País, sino que además hubo varias facciones que se sumaron a esa visión de gobierno”, recuerda la analista, mencionando al Partido Comunista Ecuatoriano, al Partido Socialista y al movimiento indígena.

Sin embargo, esta misma fuerza política que transformó Ecuador se convirtió en el eje central de la polarización actual. El liderazgo personalista de Correa y las acusaciones de corrupción contra su gobierno crearon una línea divisoria clara en la política ecuatoriana: se está con Correa o contra él.

Luisa González, como candidata del correísmo, representa la continuidad de ese proyecto, aunque Enríquez señala importantes diferencias: “Luisa González no logra ser lo que fue Rafael Correa en el 2006 porque Rafael Correa en sí es la figura del país, o sea fuera de él no hay nada”. La analista agrega que González “no es un actor que por sí solo logra una coerción y una unidad”, sino que sigue siendo “un símbolo momentáneo de un partido”. 

NUEVAS DINÁMICAS ELECTORALES: EL FIN DE LOS PARTIDOS TRADICIONALES

El comportamiento del electorado ecuatoriano ha experimentado una transformación profunda en la última década. Tras la caída de los partidos tradicionales que dominaron la política en los años 80 y 90 (como el Partido Social Cristiano, la Izquierda Democrática o la Democracia Popular), se produjo un vacío que fue ocupado, primero, por el correísmo y luego por nuevas fuerzas políticas de carácter personalista.

Daniel Noboa, representante de este nuevo tipo de liderazgo, es descrito por Enríquez como “un candidato súper camaleónico” con “un discurso de centro”. A diferencia de los políticos tradicionales, Noboa ha logrado construir una identidad política que trasciende las etiquetas ideológicas convencionales, presentándose como una alternativa tanto al correísmo como a la “partidocracia tradicional”.

La fragmentación electoral actual refleja el desgaste de las estructuras partidistas convencionales. “La ausencia de formación política hace que la gente termine votando no por conciencia sino por un tema más de motivos: me cae bien el candidato, me cae mal el candidato”, señala Enríquez. Este fenómeno ha llevado a que los votantes se alineen más con figuras individuales que con proyectos políticos coherentes.

Los datos más recientes de intención de voto para la segunda vuelta muestran un patrón interesante de polarización regional y generacional. Según una encuesta realizada por la firma Trespuntozero, González tiene mayor apoyo en la Costa (59,4% frente al 40,4% de Noboa), mientras que Noboa domina en la Sierra (51,7% frente al 48,7% de González) (Tabla 1). 

Tabla 1

Intención del voto por región

En términos generacionales, Noboa tiene un apoyo significativo entre los votantes de más de 50 años (59,8%), mientras que González encuentra su base más sólida en el grupo de 30-49 años (71,1%). Entre los jóvenes de 18-29 años, el apoyo está más dividido: 52,9% para González y 46,4% para Noboa (Gráfico 1 y 2).

Gráfico 1

Intención de voto por Luisa González por edades

 

Gráfico 2

Intención de voto por Daniel Noboa por edades

Esta fragmentación del voto refleja no solo diferencias regionales históricas, sino también la diversidad de preocupaciones y expectativas de distintos grupos demográficos. Los jóvenes, que han crecido en la era digital y son más sensibles a los problemas de inseguridad y falta de oportunidades, representan un bloque electoral crucial pero dividido.

EL PAPEL TRANSFORMADOR DE LAS REDES SOCIALES EN LA POLARIZACIÓN

Uno de los factores más determinantes en la configuración de la nueva política ecuatoriana ha sido el auge de las redes sociales como espacio de participación ciudadana y debate político. Enríquez señala que la legitimidad digital en Ecuador comenzó “precisamente después de la Constituyente en el 2010 con Rafael Correa”, quien “gobernaba por Twitter”.

“Cuando se le escribía y se le decía: ‘presidente, fui al Ministerio de Salud y me dicen que solo hay paracetamol, su ayuda’, lo que hacía Correa era decir ‘ministro, atender’ e inmediatamente el ministro entraba en pánico y tenía que resolverlo”, recuerda la analista.

Este uso político de las redes sociales transformó lo que inicialmente eran plataformas de entretenimiento en verdaderos espacios de participación ciudadana. “Empezó a tener una validez buena, era más eficiente hacer tu queja en Twitter porque te atendía el gobierno de turno no era necesario hacer 3 horas de fila”, explica Enríquez. La pandemia de COVID-19 aceleró esta digitalización, convirtiendo a las redes en espacios de transacción económica y comunicación política.  

En este contexto digital, tanto Noboa como González han adaptado sus estrategias comunicacionales. “En esta primera vuelta, todo lo que hacían desde redes marcaba su posicionamiento, sea positivo o negativo, y les permitió una exposición importante”, señala Enríquez, quien agrega que los ecuatorianos consumen “alrededor de 14 horas de contenido digital” diariamente.

Esta digitalización de la política ha intensificado la polarización, creando burbujas informativas donde los ciudadanos consumen principalmente contenidos que refuerzan sus posiciones previas. Como señala Enríquez: “No es que la gente vota por lo que dicen las redes, por el contrario, va, se informa, verifica y toma una decisión, pero además hay un desgaste de la clase política”. 

MODELOS DE PAÍS EN DISPUTA: MÁS ALLÁ DE IZQUIERDA Y DERECHA

A pesar de la marcada polarización entre correísmo y anti-correísmo, Enríquez enfatiza que “esta no es una polarización de fuerzas ideológicas”. Tanto González como Noboa presentan propuestas que no se enmarcan claramente en los polos ideológicos tradicionales.

“Luisa González no es una candidata de izquierda consolidada 100%”, afirma Enríquez, señalando que no se ha pronunciado significativamente sobre temas típicamente asociados con la izquierda como la agenda de género o políticas para prevenir el embarazo adolescente. “Ha tenido que salir a defender a su bancada de cada escándalo” en lugar de promover una agenda progresista coherente. Por su parte, “Daniel Noboa tampoco es un candidato de derecha” puro, ya que “ha hablado sobre la inseguridad, ha hablado sobre la importancia de repotencializar los sectores de estratos estratégicos en el caso de las hidroeléctricas, o sea más de centro”.

La verdadera diferencia entre ambos proyectos radica en sus enfoques para enfrentar problemas como la inseguridad. González propone rescatar desde el tejido social a las nuevas generaciones que ya están dentro del crimen organizado y arrebatarlos con políticas públicas, un enfoque que Enríquez considera inadecuado dado que Ecuador “pasó de ser un país de transbordo de la droga a hacer un país de producción de la droga”.

Noboa, en cambio, “tiene una visión mucho más agresiva en el tema de la guerra contra el crimen”, habiendo declarado a las bandas criminales como organizaciones terroristas y propuesto la construcción de una cárcel de alta seguridad similar al modelo implementado por Nayib Bukele en El Salvador.

La polarización actual es, por tanto, “más partidista que ideológica”, define Enríquez. “Es que el uno es correísta y el otro es anticorreísta. Eso se disputa en esta segunda vuelta”.

DESAFÍOS PARA LA GOBERNABILIDAD Y EL FUTURO DEMOCRÁTICO

El resultado electoral, independientemente de quién resulte vencedor, planteará desafíos significativos para la gobernabilidad en un país que enfrenta una grave crisis de inseguridad, problemas económicos y fragmentación política.

Noboa ha demostrado capacidad para colaborar con la oposición correísta durante sus primeros meses de gobierno. “Ya gobernó con la RC los primeros 8 meses y gracias a eso pasaron algunas leyes que para su gobierno fueron súper importantes”, señala Enríquez.

Para González, en caso de resultar electa, el desafío sería mayor. Tendría que “sortear y recibir un montón de golpes” como los más recientes chats de Augusto Verduga, exconsejero del Cpccs, que “dejan ver cómo se maneja la RC en un sistema de pago de favores”. Esto “posiblemente le dificulte la gobernabilidad en el Legislativo”, advierte la analista.

Más allá de los desafíos inmediatos de gobernabilidad, Ecuador enfrenta la necesidad de reconstruir su sistema político. “Hoy sí debemos reflexionar y reivindicar a la política porque además está pareciendo que este oficio es sinónimo de vergüenza, que sólo personas sin escrúpulos se arriesgan a hacer política en este país”, reflexiona Enríquez. La ausencia de formación política y el desprestigio de los partidos tradicionales amenazan con profundizar la fragmentación. 

En este contexto, la reivindicación de la política como actividad legítima y la formación de nuevos cuadros políticos se presenta como una necesidad urgente. Como concluye Enríquez, “son necesarias las candidaturas con postura. La neutralidad nunca beneficia, termina perjudicando hasta para saber qué es qué visión de país o qué visión de gobernabilidad se espera”. 

La polarización actual, aunque problemática en muchos aspectos, también refleja la vitalidad de una democracia que se reconfigura ante nuevos desafíos. El resultado del 13 de abril no solo definirá quién gobernará Ecuador en los próximos años, sino también qué forma tomará esta polarización y si será posible construir, a partir de ella, un sistema político más representativo y funcional.

(*) Elaborado por economista Liz Ortiz, analista económica Revista Gestión.

 

Last modified on 2025-03-26

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